jueves, 27 de diciembre de 2007

Camilo, la luna, las palabras y la espera de Mauricio




Mauricio llegará pronto. Lo esperamos todos. Descansa, más bien chapucea, en el vientre de su madre; mi cuñada.
Camilo y yo, en la playa, nos lo imaginamos; su primo, mi sobrino. Jugamos a tirarle preguntas al mar.
-Es un viejo sabio, le explico
-Si escuchas atentamente, nos contará una historia.

Y así es que nos regala una. Me la repite Camilo, que a sus seis años escucha mejor que yo.
Es de peces que ríen y de la luna que se zambulle hasta la mitad a medianoche. El agua fría aparentemente hace que salga disparada hasta tan alto; tiene algas que le cuelgan y alguna estrella de mar.

De pronto, Camilo abre esos ojos enormes que casi ocupan la mitad de su cara, me mira y pregunta:
-¿Puedo guardar las palabras?
-¿Guardar? ¿Para que no se escapen?, contesto, haciéndome la graciosa.
-No, guardar como cuando recojo los juguetes.
-¿Para qué?
-Dije palabras que hacen mal y las quiero quitar, las quiero volver a guardar.

Le ha dicho a su hermana que no la quiere y la ha hecho llorar.

Mi hermoso sobrino aprende que hace cosas al hablar, se sorprende y asusta del efecto de sus palabras.

¿Y qué hacer ahora que ha dejado salir palabras que duelen? ¿Las puede devolver? Lo dicho ¿Dicho está? ¿Puede desdecirse?

No tiene paciencia para reflexiones adultas, o adulteradas, y sale corriendo a abrazarla y llenarla de besos. Daniela se carcajea. Hace rato que ha olvidado los sinsentido de su hermano.
Lo que los une está aún más allá de las palabras.
Me enternecen mis sobrinos que en 20 minutos se volverán a pelear.

Yo escribo esto para no olvidarme de lo sencillo que puede resultar el amor.

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